Autora: María Beltrán, psiquiatra.

El suicidio en la infancia y adolescencia, como en las otras etapas de la vida, es un fenómeno complejo y multicausal.

En la adolescencia es la segunda causa de muerte, y en los últimos años se observa un incremento de las cifras en esta franja de edad. En la infancia, por debajo de los 11 años, se considera poco frecuente. Sin embargo, los datos muestran que los niños y niñas manifiestan con más frecuencia ideación de muerte y el suicidio como solución a sus problemas. Muchos suicidios infantiles permanecen invisibles, enmascarados por comportamientos impulsivos que se consideran accidentes.

Ambas etapas, infancia y adolescencia, se suelen presentar unidas cuando presentan características diferentes.

Son muchos los factores de riesgo que están asociados a la conducta suicida entre adolescentes. El primer factor es la depresión. Le sigue el intento de suicidio previo, los abusos de sustancias y los trastornos de conducta. Dentro de la depresión, la desesperanza es un factor asociado a la conducta suicida de manera muy potente. La impulsividad adolescente es un otro factor importante. El intento de suicidio previo es otro factor de riesgo. Algunos estudios ponen de manifiesto que aproximadamente el 50% de los adolescentes que llevan a cabo un intento de suicidio serio han cometido al menos un intento previo.

Junto con los mitos sobre el suicidio que afectan a todas las etapas de la vida, en la infancia y la adolescencia hay que hacer frente al mito de la infancia feliz. Los adultos vemos a los menores ajenos a la realidad jugando, sin preocupaciones. No saben y así no sufren. Y todo se les olvidará cuando crezcan. Con lo que los dejamos solos frente a las dificultades con las que conviven, sin herramientas para elaborar lo vivido.  El primer paso de la prevención es escuchar, comprender lo que los menores manifiestan, más allá de su conducta, reconociéndoles como personas.

La neurociencia muestra como desde la infancia nuestro cerebro se organiza y funciona según el modo en que se vincula en su familia y en el contexto cultural.

La prevención precoz se basa en que se adquiera una estabilidad afectiva a través de una relación vincular afectiva protectora con sus cuidadores. Adquirir una relación de apego seguro que le ayude a mentalizar, a poner palabras a sus estados internos y a los de los demás. No sólo los padres, toda la sociedad debe conocer la importancia y favorecer el establecimiento relaciones vinculares de confianza y cómo nos protegen ante las dificultades de la vida. Las medidas de conciliación familiar que mejoren los vínculos protegen la vida de los menores.

La integración en nuestra cultura, y  en todos nosotros de los conocimientos que aporta la teoría del apego en el desarrollo evolutivo, es un factor de prevención primordial

Los diferentes estudios muestran como el sufrimiento en las primeras etapas de la vida generado por la pérdida de los padres prematura, maltrato físico o sexual, violencia, negligencia afectiva, divorcio conflictivo, agotamiento parental, desorganización social o pérdida cultural, genera una vulnerabilidad biológica, no sólo emocional. Por ello, según los estudios, el incremento de suicidios en la infancia constituye un indicador de desorganización de las condiciones de desarrollo del niño.2

La escuela es un lugar donde se recibe una formación académica pero también educación emocional y donde se construyen vínculos que aportan seguridad y modelos de salud mental. Los educadores debemos formarnos para convertirnos en tutores de resiliencia, lo que puede ser una medida de prevención.

Es la afectividad lo que permite tejer los vínculos, aporta la seguridad para explorar el mundo mental de los demás y de adquirir conocimientos abstractos que le permiten expresarse.

Otro factor a tener en cuenta actualmente en la infancia, es el tiempo excesivo junto a las máquinas (Internet, televisión, teléfono móvil, juegos de video), donde hay un exceso de comunicación pero que afecta el establecimiento , la forma y la profundidad de las relaciones. Todos debemos promover una actitud reflexiva frente a los mensajes de Internet, favoreciendo las posibilidades positivas de comunicación que ofrece la tecnología.

El aislamiento o el acoso en la escuela o en la redes sociales son causas graves de sufrimiento y son factores de riesgo para el suicidio y deben ser debidamente abordados por parte de los adultos, además de comprendidos por todos los implicados .

Se fomenta la precocidad de los niños y la competitividad adulta, dando lugar a una elevada presión académica y  generando trastornos de angustia en los menores. En Finlandia, donde se redujo la presión escolar con entrada más tardía en la escuela (6-7 años) y el establecimiento de calificaciones aún más tardías (10-11 años) con docentes especializados han disminuido las tasas de suicidio un 40%.

Al igual que en los adultos, generar espacios donde sepan que van a ser escuchados y saber que existe alguien para quienes importan es el principal factor protector.

Conocer y comprender qué pone en riesgo a los niños, niñas y adolescentes nos permite establecer planes de prevención y ponen en evidencia la necesidad de redes de protección.

Categorías: Escuchadoras de Voces

Rafael Sotoca

Rafael Sotoca es médico especialista en medicina familiar y comunitaria en ejercicio en Valencia. Es secretario de la Junta Directiva de Médicos Sin Fronteras España y representante en la Asamblea General Internacional. Es master en salud pública y gestión sanitaria. Ha sido director general de asistencia sanitaria en la Generalitat Valenciana, miembro del gabinete de la Ministra de Sanidad del Gobierno de España.

RSS
Follow by Email