NADA ES IGUAL 

No es fácil recuperar la normalidad después de los acontecimientos vividos en los últimos meses. Una pandemia a nivel mundial vivida en primera persona. Antes de que esto nos cayera encima, alguna cosa parecida a lo vivido, lo habíamos leído o visto en el cine. Y parecía que siempre sería una ficción inventada. Pero no. Ha sucedido, ha invadido nuestra cotidianidad y nos ha pillado de pleno. 

Y ya en la situación de nueva normalidad, realmente está siendo complicado conseguir esa “normalidad”. Todo es extraño. Lo que antes de la pandemia resultaba de lo más “normal”, hoy no lo es: pasear, quedar con los amigos, con la familia, ir de compras… nada es igual. Es diferente. Y nos tendremos que acostumbrar. 

Todo es extraño y triste. Incluso para las personas que, afortunadamente no han perdido a ningún ser querido de forma directa. Pero la realidad sigue siendo triste. La realidad sanitaria, la social, la económica, la personal. 

Y más triste cuando vemos que la responsabilidad individual que se nos exige no se cumple y se producen rebrotes del “bicho” que nos ha cambiado tanto la vida. Rebrotes cuyas consecuencias, para toda la sociedad, son muy negativas. Y sólo se nos exige responsabilidad y cuidado en cuestiones muy sencillas: mascarilla, higiene y distancia. 

El resultado de la falta de responsabilidad “de unos pocos” afecta a todas las personas. A algunas más que a otras, porque todas no partimos de la misma casilla de salida; afecta más cuanta más vulnerabilidad hay: por razón de edad, de situación laboral, de salud… 

Una vulnerabilidad que genera, si cabe, más desasosiego, más falta de orientación, más falta de certezas… 

Lo que podamos hacer en un futuro, ya sea lejano o muy cercano, depende de lo que hagamos en el presente nosotros y el resto de la sociedad. No podemos perder de vista esta realidad, porque quizás nos acompañe ya el resto de nuestra vida. 

Porque han desaparecido las certezas. No sabemos qué pasará el mes que viene, ni siquiera la semana que viene. Es verdad que hemos empezado a hacer planes. Planes que se pueden evaporar de un día a otro. Y es que, otra cosa que nos ha enseñado la pandemia es lo interdependientes que somos. 

Por ello, hay que ser conscientes que todo lo que pase a partir de ahora depende de todo lo que hagamos toda la sociedad. Tenemos ante nosotros un reto importante que hemos de asumir desde la unidad de las fuerzas y del esfuerzo colectivo, para salir más fuertes y preparados. 

Nunca he sido partidaria de buscar culpables en nada. Al final, todo depende de la responsabilidad y la situación nos debe empeñar en ser responsables individual y colectivamente en la salida de la situación. Hemos de convertir la tristeza y la desesperanza en la ilusión por un mejor futuro y por una mejor sociedad. 

Ese debe ser el camino 

Frente al fomento irresponsable de la crispación y del desconcierto interesado por parte de los “que nunca pierden nada” ha de estar la apuesta firme por la responsabilidad y la ilusión por la reconstrucción de una sociedad mejor y más fuerte de “los que no queremos perder lo que tanto nos ha costado conseguir” 

Esta es la encrucijada ante la que estamos. Ante una situación insólita y excepcional, diferente a todo lo que habíamos vivido, solo cabe demostrar que somos una sociedad que no se resigna ni a la tristeza, ni al desconcierto ni a la desesperanza.  

Demasiadas veces nos ha tocado levantarnos. 

Desde la responsabilidad y el esfuerzo, defendiendo lo importante y necesario para construir una sociedad mejor, con más derechos y menos vulnerable, ahora también lo haremos. 


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