Relato de Angeles Heras

Mis niños de entonces, ahora tienen miedo. 

Mucha prisa, mucha prisa…  

Así he vivido gran parte de mi vida: con prisas siempre.  

Y en aquella época, de producción profesional a tope, pues más. Por eso cuando entré por el pasillo directa a la puerta del piso y lo vi, me quedé muy parada: sus ojos marrones claros, su sonrisa de alegría y felicidad en su personita envuelta en un abrigo que le quedaba grande, me relajaron.  

  • ¿Uy, y tú quién eres? ¿Cómo te llamas, mi niño?  

Una sonrisa aún más amplia y los brazos muy abiertos fue su respuesta.  

-Es que Angeles, hoy no hay colegio y si no te importa, pues me lo traigo. 

 Era la voz de su madre, Laura. Mi nueva asistenta desde hacía 3 meses, que me hablaba a mis espaldas.  

  • ¡A mí, que me va a importar, que traigas a este niño 

tan lindo! 

Una vez, que él oyó a su madre y a mi hablar tranquilamente, se lanzó. 

-Me llamo Luis y tengo un hermano mayor que se llama Juan. 

Ya dentro, Luis, con sus 3 años y pico me fue siguiendo por toda la casa sin parar de hablarme con sus ocurrencias y su lenguaje infantil. No paró de mirar a todos los sitios y preguntar sin parar.  

-Luis cállate un poquito, deja a Angeles que tiene mucha prisa, no la molestes. 

 Le decía Laura enseñándole los juguetes y la merienda que le traía. Pero Luis y yo estábamos ya enrollados habla que te habla y ríe que te ríe.  

Desde esta escena hasta el día de hoy, han pasado muchos años, y en ellos solo hemos unido más a las dos familias.  

Durante las vacaciones de muchos años, siempre acompañaban a su madre, él y su hermano Juan, cuando Laura venía a casa. Ellos hablaban con Saverio y conmigo, con nuestra familia, jugábamos, leíamos juntos, lo que fuera menester.  

¡Cada vez que Luis acompañaba a Saverio al punto limpio era una fiesta! Iban los dos solos, hablando de sus cosas y Luis se pavoneaba de ser ya mayor porque hablaba en serio con Saverio.  

Aprendió conmigo a hacer salmorejo y luego se lo contaba a sus padres, incluso haciendo el mismo ruido del robot.  

Vimos muchas películas juntos Luis, Juan y yo, aún recuerdo las caras de felicidad que tenían al salir del cine de ver “Mortadelo y Filemón”. Fue mayor, sí, la del día de la foto con el Rey Gaspar, ese día fue genial, genial. 

Crecían bien, sacando unas notas excelentes, Luis incluso ganó un premio por buenas notas, otra alegría.  

Él quería ser actor… y su hermano técnico de aviones…. Que bien encaminados estaban, sí señor. Lo que nos alegrábamos su madre y yo al hablarlo.  

Hice un viaje de trabajo a California, a la vuelta deshaciendo la maleta le dije a Laura: 

-Toma, esta bolsa de aseo de la clase business, se la das a Luis, y le dices de mi parte, que me devuelva una equivalente,cuando yo sea viejecita en una residencia y él venga a verme convertido en un “ Rodolfo Valentino” moderno.  

-Ja, ja, que ocurrencias tienes Angeles, se la daré, se la daré. 

Su hermano Juan, más serio, se había convertido en un joven guapo que traía a las chicas de mi laboratorio locas. Estuvo haciendo prácticas un verano con nosotros y era el “ Muchacho Rey” como le llamábamos  de broma.  

Y así avanzaba la historia.  

Un día de agosto al volver de vacaciones, y totalmente de sorpresa, me encontré a Laura en el patio de casa.  

  • ¿Qué te pasa? ¿Qué haces aquí?  

Nos abrazamos y empezó a llorar sin poder parar, me contagió a mí también, y entre sollozos y con palabras entrecortadas me dijo que se habían ido los dos hijos a Estados Unidos con la intención de buscarse la vida y no volver.  

El dolor, el desgarro que Laura sentía no tenía remedio inmediato, por muchos abrazos y palabras de consuelo y alivio que le dábamos quienes la queríamos bien.  

-¡Luis solo tiene 18 años, es mi niño, es aún muy pequeño! Y yo no puedo pensar nada más que en mi niño, así que para olvidar he venido muchos días y he trabajado con todas mis fuerzas, a ver si así puedo dormir por las noches.  

Que desconsuelo, el de Laura, que desconsuelo, podemos llamarle el del nido vacío de pronto, el del miedo por sus crías, podemos ponerle la etiqueta que queramos, pero se trataba del desconsuelo de una madre que ve que sus hijos, chicos excelentes, se marchan hacia lo desconocido, buscando sus sueños en otro país, ellos ya españoles, y repitiendo la misma historia de sus padres.  

Sus padres, que habían venido 30 años atrás, que estaban perfectamente integrados, que habían trabajado siempre aquí, eran ya españoles y sus hijos habían nacido ya en Madrid, y ahora sus hijos, unos jóvenes fantásticos se iban a USA, a ser ilegales, a trabajar como locos porque aquí, pensaban, habría menos oportunidades para ellos. Año 2012.   

En la siguiente Navidad, el día de mi cumpleaños, Juan me llamó para felicitarme. Me dio una alegría tremenda, conmigo estaban mi familia y mis nietos, pero mis niños de entonces se seguían acordando de mí y de nuestras bromitas. Sentí como mía la nostalgia de la llamada de Juan.  

Su madre me informaba de que estaban bien, de las vivencias que tenían durante el Katrina, los temporales en la Costa Este y de cómo iba la normalización de inmigrantes que prometió y no le dejaron hacer al Presidente Obama.  

Iban saliendo adelante, sus sueños tenían rasguños, pero no estaban rotos del todo, el guión de su marcha lo seguían al pie de la letra.  

¡Y ganó Trump, y su muro…! Trump quiere levantar un muro, y no construir molinos para seguir adelante.  

Cito en esto a nuestro Presidente Sánchez en el discurso de ayer. Me encantó la metáfora: ante una crisis se pueden levantar muros para vencerla o alejarla, o se pueden construir molinos y convertir esa crisis en una oportunidad de nueva energía.  

Y mis niños de entonces, jóvenes de color café con leche, inteligentes, españoles, europeos, con residencia en USA y vecinos de Nueva York, en los Estados Unidos de Trumpahora tienen miedo  

Madrid, 15 Junio 2020 

Angeles Heras  


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