Hace más de cuarenta años que Celia, con solo tres meses, ingresaba en el hospital. Su madre, médica, me contó que sufría intolerancia a todo tipo de leche artificial y como consecuencia de ello una anemia importante. Durante los primeros días estuvo sujeta a los barrotes de la cuna para evitar que se arrancase el suero y sumida en un llanto permanente. Su madre, incapaz de calmarla y de escuchar su llanto, optó por seguir trabajando y visitarla a ratos perdidos, al fin y al cabo estaba en muy buenas manos y ella poco podía aportar. Pasados los primeros días, el jefe de Pediatría enterado de que era hija de una médico residente hizo venir a la madre de Celia y con indisimulado enfado le explicó lo que debía hacer: ejercer de madre y acariciar a Celia, así de simple. En pocas horas Celia dejó de llorar y su madre siguió con sus caricias, esta vez en sus brazos.  

La música empieza a entrar en las UCI pediátricas

Aquel era un momento en que los niños prematuros y los más pequeños -también los  adultos- pasaban gran parte del tiempo solos,  se imponía un estricto horario restringido de visitas. Cuarenta años más tarde, la música empieza a entrar en las UCI pediátricas. Se extiende el contacto piel con piel de madre o padre y recién nacido. Todo parece indicar que con un efecto beneficioso para ambos y, aunque no lo fuera en términos de salud, intuyo que sí lo es en arrobas de felicidad. 

La nuestra es una sociedad muy ‘tocona’ y hasta ahora nos ha ido bien, tan bien que es una de las cosas que más echamos de menos durante estos meses de pandemia y que deberíamos recuperar en cuanto sepamos como deshacernos de este virus. Algunos buscan ya como sustituir los abrazos: con la mirada, la sonrisa, cartas como antaño y sí, eso está muy bien para un tiempo, pero donde esté un buen abrazo… 

Hay muchos tipos de abrazos, desde el convencional choque de torsos esculpidos de gimnasio acompañado del hola tío como estás, al que recibe un abuelo o abuela agachados cuando un nieto se lanza en tromba. Cuando abrazamos o somos abrazados y por la forma en que lo hacemos percibimos y a la vez trasmitimos, a veces sin darnos cuenta, muchas cosas: cariño, tristeza, ánimo, refugio, duelo, protección.  También hay que decir que alguna vez nos hemos llevado un chasco al abrazarnos a una esfinge. De todo se aprende y sino observen lo que ocurre en las estaciones de tren, de autobuses y en los aeropuertos. La mejor escuela para un estudioso de los abrazos.    

Parece que los abrazos son beneficiosos para los abrazados. Un abrazo sentido y sincero irradia alegría, felicidad y, por qué no decirlo, cierta envidia en el que lo observa. En la retina y el corazón de nuestra generación permanece vivo el cuadro del abrazo de Genovés por todo lo que representa  

Las lecciones aprendidas incluyen organizar los abrazos del futuro

Esta pandemia nos ha pillado desprevenidos en casi todo pero gracias al esfuerzo, la dedicación y la solidaridad de muchas personas, incluido el Gobierno, las piezas del puzzle van encajando y el país y sus gentes, aunque maltrechos, avanzamos hacia la normalidad, eso sí, otra normalidad.  

Los medios, los investigadores, los profesionales, los políticos, todos hablan de las lecciones aprendidas, de las cosas que hay que mejorar, pero ¿que ocurre con los abrazos perdidos, aquellos que se quedaron dibujados en el aire de las residencias de ancianos, de los hospitales, de las casas, de la calle?  Esos abrazos ausentes que no encontraron el abrazo del otro necesitan una respuesta, no pueden caer en el olvido.  

Prepararnos para un rebrote de este virus o para futuras pandemias deberá incluir también medidas que permitan abrazar hasta el final. Allí donde la medicina no llega debe llegar la compasión, el último abrazo.  

Por cierto, cuarenta años más tarde la madre de Celia me cuenta que Celia vive en el extranjero. Cuando viene a casa se acurruca junto a ella y le pide que le acaricie la espalda. ¡¡¡Benditos abrazos!!! 

Isabel González 

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