La pleamar de los corsarios , bucaneros y piratas  

En la época dorada de Hollywood eran frecuentes las películas de filibusteros y corsarios en las que se describía a sus protagonistas con un aire canalla, simpático, en ocasiones  desprendido, en  favor  de los  desfavorecidos. Como una especie de Robin Hood.  Errol Flynn y Burt Lancaster fueron sus representantes más genuinos como galanes pícaros  y legendarios; también Anthony Quinn, y en el lado femenino estaba la bella Maureen O’Hara. Esta ficción cinematográfica estuvo precedida en el siglo XIX por los escritos de Stevenson, que fijó en el imaginario colectivo los tópicos fundamentales en torno a la piratería. Y fue el ilustrador Howard Pile,  quien  vistió con ropajes y abalorios gitanos  a aquellos marinos de  fortuna, aspecto con el que se instalaron en el subconsciente colectivo para la posteridad. Más recientemente se  ha reactivado este género con una  serie  de películas cuyo elemento principal es el  capitán  Jack Sparrow.  

Piratas frugales

Pero esta percepción no se correspondía con la realidad: piratas eran todos aquellos que se dedicaban al asalto y el pillaje, ya fuera abordando embarcaciones, o arrasando ciudades costeras. El término «bucanero» se aplicaba especialmente a los barcos ingleses, holandeses y franceses que asediaban a los navíos españoles de la época. Eran mercenarios autorizados que actuaban al lado de las armadas oficiales (esta piratería de  asalto, abordaje y sangre  aún perdura en algunas zonas de nuestro planeta, de forma más significativa en la costa somalí)  

Claro que  existen otras formas de piratería más  refinada, como ha  denunciado la ONG Tax Justice Network señalando que el  Reino Unido, Suiza, Luxemburgo y Países  Bajos, con  su “ dumping” fiscal, han usurpado el 72% de los impuestos que el resto del mundo dejó de recaudar  de las multinacionales que operan en sus territorios. Se estima que estas  empresas  obtuvieron  1,3  billones  de  dólares en beneficios corporativos, tributando en estos países con tasas impositivas mínimas. Algunos de  estos  países son los ahora autodenominados  “ frugales”. En cierta medida, esta  situación  también se  da entre  distintas comunidades  autónomas españolas. 

Piratas pandémicos

En estos momentos de bajamar provocada por la pandemia, los filibusteros son aquellos que difunden bulos por las redes sociales, algunos en forma burda de fácil descalificación,  y otros disfrazándolos de mensajes seudocientíficos, pero siempre con fines bastardos. También aquellos comisionistas  que se atreven a asegurar que  disponen de  cuantos dispositivos sean  necesarios para la realización de pruebas  diagnósticas. Están  incluidos  aquellos que a  sabiendas  han  introducido  y vendido  pruebas de eficiencia dudosa, que han falseando la homologación, también los que han proporcionado  “ mascarillas” caducadas tras borrar los códigos de  caducidad. Quienes han elevado el precio de las mismas multiplicando por 10 o más  su  valor habitual, o  han acumulado stock esperando el desabastecimiento. 

Siempre se dijo que los momentos de crisis presentan oportunidades para progresar , y esta es la forma  que tienen algunos de  entender  el “progreso”:  “ chico, es el mercado “.  

Los corsarios, dijimos, eran piratas consentidos y protegidos por los respectivos gobiernos, que tenían “patente de corso” para asaltar las naves enemigas pudiendo quedarse con el botín, pero dando un porcentaje a los estados que les amparaban. A algunos de estos capitanes corsarios se  les concedían honores y repartían nombramientos. Así ocurrió con el  conocido pirata Sir Francis Drake. 

Tras los primeros estragos de   la pandemia y después de superar la primera embestida de la prueba de estrés a que fue sometido el sistema sanitario, la ciudadanía ha reflejado por una abrumadora mayoría su apuesta por una  sanidad pública universal gratuita y de calidad. 

Piratas sanitarios

Parece que en estos momentos de pleamar, los  que consideran a  la sanidad como un instrumento más para incrementar sus cuentas  corrientes y de resultados, están rearmándose. No hay mejor forma que esperar el momento oportuno para iniciar la escalada propagandística, mover medios de comunicación  que sostienen con publicidad, estimular  a “sus” tertulianos y a algunos teóricos y analistas que siguen anclados en eso que llaman colaboración público-privada. Se presentan “estudios” de lo que la sanidad-negocio ahorra a la pública, e insisten en los eslóganes de mayor eficiencia, etc. 

La Constitución española reconoce los derechos de vivienda, educación, sanidad e igualdad de oportunidades en el desarrollo vital de los ciudadanos. 

La sanidad o la educación privadas pueden ser opciones para quien pueda optar por ellas,  pero vayan cada una  por su lado. No existe  la  llamada colaboración, como ha quedado demostrado en la pandemia que estamos padeciendo y hay multitud de ejemplos. Los accionistas  de las corporaciones sanitarias que han ido  estableciéndose en nuestro país al  amparo ley de 1997 son fondos buitre, bancos, empresas de construcción y de otras áreas  de los negocios que quieren diversificar sus inversiones. Desde luego, sin ningún fin altruista o de beneficencia, sino buscando la rentabilidad  de la inversión. Se invierte  para ganar dinero, y además con poco o nulo riesgo. Es como el caso de las autopistas que circundaban Madrid: si son rentables las gestiona la empresa y si no, (como así fue), me las compra el Estado.  

La estrategia consiste en la parasitación del sector público por el privado y un ejemplo claro son las concesiones sanitarias. Algunos gobiernos autonómicos muerden el anzuelo o acompañan en la pesca, comprando el mantra de que la gestión privada es más eficiente y también supone ahorro del desembolso inicial para la construcción de las instalaciones ante la precariedad de los presupuestos. Esto se traduce progresivamente en una revisión al alza de la cápita (aportación económica pública por persona asistida)  bajo la amenaza de que en esas condiciones no pueden hacer el servicio. 

Además se abona aparte las exoprótesis, endoprótesis, tratamientos especiales, tratamientos oncológicos, farmacia etc., lo que hace que el costo real en esa concesión sea muy superior a los departamentos de gestión directa y a la de los consorcios sanitarios. La gestión privada también exprime y prolonga al triple la vida  media de la tecnología sanitaria, alargando los plazos que son considerados normales para su amortización. Esta política ha agudizado el descenso de financiación por la crisis económica   y adelgazado al extremo los recursos humanos y la inversión en la sanidad pública.  

La cofradía de los Hermanos de la Costa

Volviendo a la piratería clásica, recordar que en ocasiones los bucaneros y filibusteros se asociaron para preservar su interés. Una de las más famosas alianzas fue la Cofradía de los Hermanos de la Costa, que tenía su sede en la isla de Tortuga y actuaba en el océano Pacífico, en el  Caribe y en el Golfo de México, y que se dotó de unas leyes no escritas para fomentar la libertad de su propia sociedad y el reparto democrático de su expolio. ​ 

La sanidad pública tiene la oportunidad de protegerse, desarrollar y modernizarse, y para ello debe estar bien financiada, al menos con el mismo porcentaje del PIB que dedican otros países de nuestro entorno. Desde luego, hay que reformar e innovar, aumentar la eficiencia y gestionar con rigor el erario, con inversiones en sectores clave. Y con gestión pública en su totalidad: universal, gratuita y de alta calidad. 

Y blindada contra  los corsarios.  


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