Las cacerolas y el hambre

Durante estos dos meses de confinamiento palabras como: solidaridad, unión, comunidad, generosidad, confianza, aplausos.. inundaron todos los medios de comunicación, se repetían en las redes sociales. Parecía que algo estaba cambiando en nuestra sociedad. Cuidamos a nuestros vecinos, aplaudimos a rabiar a nuestros sanitarios y a todos esos colectivos que resultaron indispensables para que pudiésemos permanecer confinados sin que nos faltase nada esencial e incluso algunas cosas superfluas. Y de repente el barrio de Salamanca, en la Comunidad más azotada por la pandemia, sale a la calle cacerola en mano al grito de ¡libertad! saltándose  normas elementales  de confinamiento, arengados por Vox y con el beneplácito de la Sra. Ayuso.

No parece casualidad que uno de los ilustres vecinos del barrio, el señor Casado, muestre sus cartas reclamando que se acabe el estado de alarma para no perjudicar más la economía o que se escuchen declaraciones tan disparatadas como las de una confederación de empresarios que consideran a los usuarios de residencias como “colectivo no productivo” y culpables de no pasar a la fase uno. No lo parece cuando el presidente de un Tribunal Superior de Justicia en una emisora de radio no tiene empacho en acusar al Gobierno de paralizar el país  para fines distintos que salvar a la gente de la enfermedad.  

 Casos aislados muy bien organizados

¿Son casos aislados? Sí, son casos aislados, y además contrastan con la opinión de la mayoría de los y las madrileños que consideran, según las encuestas, que deben permanecer en la fase cero. Contrastan con esa solidaridad vecinal que reparte comida en muchos barrios de Madrid, con los inmigrantes que cosen mascarillas para la población y con el ejemplo de la ciudadanía que sigue a rajatabla el confinamiento.  Son muchos los ejemplos de solidaridad y de generosidad.  

¿Entonces, qué está ocurriendo? Ocurre que este gran parque temático, este espectáculo en que se ha convertido nuestra vida, este paraíso que nos han vendido, y hemos abrazado, del libre mercado, del capitalismo, ha hecho que tengamos más interés por el ocio, los móviles, el consumo desaforado, la diversión, el culto al cuerpo, el hedonismo como bandera  y menos interés por los asuntos públicos y el compromiso con el bien común. Se trata de tener ocupado todo nuestro tiempo, de hacernos sentir bien con este tipo de vida. Ver colas de gente para recoger una bolsa con comida, escuchar historias de soledad, pobreza, hambre y muertos nos saca de nuestra zona de confort, se tolera mal, remueve nuestras conciencia dormida. Con la pequeña dosis que nos ofrecen los medios tenemos suficiente.  

Que siga el espectáculo 

La neoderecha, como la llama Simone, ha ido avanzando los últimos años   en Europa  de manera sutil, no ha necesitado una  guerra. Los casos mencionados arriba, aunque lo parezcan, no son algo aislado, responden a una estrategia planificada. De momento han conseguido tener más altavoz que los miles de voluntarioslas personas sin hogar ni comida, los miles de fallecidos.. por no hablar de los inmigrantes que siguen llegando a nuestras costas jugándose la vida o los refugiados, que de la noche a la mañana se han vuelto invisibles. Si no apareces en los medios o en las redes no existes, así de simple. Se trata de llamar la atención con lo que da juego, con ese Gran Hermano que atrae a la gente, el apartamento de lujo de la señora Ayuso y sus declaraciones, las ossea de voz gangosa envueltas en la bandera de España, frente a la poca visibilidad de las colas de la pobreza. 

La neoderecha lo tiene muy claro y reacciona como lo está haciendo toda la derecha europea. No se resignan a perder un ápice de lo conseguido en las últimas décadas. Nos van a seguir entreteniendo ¡qué la música no pare! No vaya a ser que el descanso nos lleve a la reflexión y un ciudadano que piensa puede ser un peligro.  

Paremos el juego 

No les sigamos el juego, no más carnaval, queremos conocer, queremos ver los efectos de las ayudas del Gobierno, qué impacto tienen en las familias -pero no sólo en cifras, también en las personas con rostro-  en las pequeñas empresas, qué plan hay para los niños que no han tenido medios para seguir las clases a distancia, cómo se van a gestionar los departamentos o áreas de salud para atender a todos lo que el COVID-19 ha dejado en la cuneta. Necesitamos ponerle cara a lo que está ocurriendo en este país y que va mucho más allá de las cuatro caceroladas y del piso de Ayuso, que debe de ser denunciado, sí, pero no ocupar día tras día los medios y las tertulias, sobre todo cuando nuestro país tiene más de cuarenta mil personas sin hogar. 

Ante el tsunami neoliberal que se avecina conviene recordar la Declaración de  Derechos Humanos de 1948 y más recientemente los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2015: acabar con la pobreza extrema y la desigualdad injusta y afrontar el cambio climático,  entre otros. Estamos muy lejos de alcanzarlos, lo hemos dejado en manos de los gobiernos, de los lideres mundiales y ha llegado el momento de que los hagamos nuestros. 

La España solidaria, generosa y comunitaria es mayoritaria, la fuerza reside aquí, no en el barrio de las cacerolas, y a pesar de ello esa España tiene menos visibilidad. La comunidad tiene por delante una gran tarea, no debemos volver al punto de partida, las consecuencias, como se ha visto son nefastas. Solo desde dentro se conseguirán cambios, solo participando en los asuntos públicos avanzaremos hacia una sociedad mejor. Una sociedad que se sienta orgullosa, como ahora, de esos valores que parecían olvidados pero que están ahí. Escapemos de esa burbuja mediática, de esa tela de araña en la que nos han atrapado y anestesiado para integrarnos en una sociedad civil fuerte, solidaria, generosa, compasiva y, sobre todo, difícil de manipular. 

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